Argentina tiene una marca…

Agosto 31, 2006

… y me gusta.

Marca Argentina

   

Es tuya.

Es de todos.


Réquiem por las palabras

Agosto 22, 2006

Leemos en LA NACIÓN (Argentina):

Réquiem por las palabras
Por Sergio Sinay
Para LA NACION

Mientras se disipa la bruma de la pólvora y se seca la sangre sobre la tierra de Medio Oriente; mientras se precisa el recuento de daños y de víctimas, vienen a la mente unas palabras de Ghandi. “Cuida tus pensamientos -decía el líder político y espiritual de la India- porque se volverán palabras. Cuida tus palabras porque se volverán actos. Cuida tus actos porque se volverán costumbres. Cuida tus costumbres porque forjarán tu carácter. Cuida tu carácter porque formará tu destino. Y tu destino será tu vida”.

Entre los destrozos de la guerra, habrá que contar, aunque ningún organismo internacional se encargue de ello, la aniquilación de las palabras, la destrucción de los conceptos. “Daños colaterales”, por ejemplo, es un modo hipócrita de llamar a los asesinatos masivos de civiles que no combaten, que no están armados, que son, en su mayoría, niños, mujeres y ancianos. La mayoría de los muertos en la guerra, en ésta y en todas, no son soldados (quienes, al fin y al cabo, eligen como profesión matar y morir). Lo dicen las cifras que están en los diarios, ante nuestros ojos. Los niños masacrados en Caná, por ejemplo, no son colaterales a nada. Ellos, y otros tantos y tantos civiles, son los daños centrales, los más numerosos e irreparables; los más cruentos, esenciales e inocultables de la guerra. Las guerras se hacen para matar (si no fuera así, las palabras resolverían los conflictos); por lo tanto, la muerte es en ella un objetivo central y no una consecuencia colateral. El que más mata, está más cerca de acabar con su enemigo y, así lo cree, de obtener la victoria. La guerra no es por puntos, es por muertos.

“Escudo humano” es otra combinación de palabras que vacía de sentido el lenguaje. Con ello se trata de decir que alguien (otra vez, mujeres, niños, ancianos, hombres indefensos) se “interpuso” en el camino de las balas o de los misiles. En cualquier párrafo que contenga la palabra “humano”, ésta debería iluminar y orientar el sentido de la frase. Lo humano es un fin en sí mismo y, como tal, debería ser respetado y honrado. Atravesar a un ser humano impunemente con el pretexto de que es un escudo equivale al desprecio de esta máxima ética. Cuando justifico la muerte de un semejante con la excusa de que él se cruzó en el camino de mi bala, mi bomba o mi misil, con esa misma justificación hiero de muerte a mi propia condición humana. En la guerra del Líbano, cientos de muertes se justificaron con la explicación de que los muertos eran escudos humanos. Grosero error. No eran escudos. Eran humanos.

“Defensa” es otra palabra que perdió su sentido en esta guerra. Dejó de ser el vocablo que designa a las medidas de protección contra un peligro de cualquier tipo para convertirse, como una paradoja cruel, en la excusa para atacar, arrasar, destruir y poner en peligro todo tipo de vida. En lo que va del siglo XXI, la política internacional ha sido el vehículo de perversión de dos palabras: “prevención” y “defensa”. Las guerras son ahora preventivas y defensivas. Las coartadas para desatarlas poco importan. Armas nucleares que no existen, la captura de dos soldados (¿ser capturado no es un gaje del oficio militar?). Con eso alcanza para prevenirse o defenderse arrasando países y vidas. ¿Cómo prevenirse y defenderse de quienes previenen y defienden así?

La palabra “diplomacia”, malherida desde hace tiempo, agoniza tras la guerra del Líbano. La ciencia de establecer consensos entre intereses diversos, de equilibrar desigualdades en torno de objetivos comunes y de atender al fin último de la convivencia humana ya no parece ser tal. Se ha convertido en una suerte de mercado de viles regateos en el que ninguna regla vale ni es aceptada si no trae beneficio propio, y en el que cien o doscientos muertos más o menos no importan. Con esta luz, los estadistas del siglo XXI (cuyos hijos no van a las guerras, no mueren en los campos de batalla ni en las ciudades arrasadas) se convierten en un grupo muy peligroso para la especie humana, porque, en sus regateos, lo humano, precisamente, aparece como el último factor por considerar, si aparece.

Da pena; desalienta escuchar explicaciones políticas y estratégicas para una tragedia en la que lo único real son los muertos. Genera impotencia observar con qué facilidad se desarrollan hipótesis y teorías y con qué indiferencia se desprecia y olvida el dolor, la muerte de seres reales, de carne y hueso. La sangre que se derrama en la guerra no es libanesa, palestina o israelí. Es humana. Cualquier prueba de laboratorio lo demostraría. Aunque sería deprimente tener que llegar a eso para recordar algo tan elemental.

En la guerra mueren seres humanos y muere la palabra que los nombra. Y cuando muere la palabra “humano”, perecen la solidaridad, la empatía, el amor, la cooperación, la justicia, la semejanza, la comprensión. En la guerra muere también Dios y muere su palabra. Más allá de libros y altares diversos, hay un lugar donde Dios está siempre y puede ser hallado por quien lo busque. Es en el interior de cada ser humano. Y allí muere cuando ese ser humano es asesinado. Y muere, también, en el interior del que mata. De estas muertes, nadie es inocente. Es inútil que lo proclame.

La palabra es humana. La palabra nos hace humanos. Morimos cuando ella muere. Somos violados cuando es violada. Nos vaciamos cuando es vaciada. Como decía Ghandi, ella se hace acto, costumbre, destino y vida. Contémosla entre las víctimas de la guerra.

El autor es escritor, especialista en vínculos humanos. Entre sus obras se cuenta “Elogio de la responsabilidad”.


¡Basta de discriminar a los imbéciles!

Agosto 20, 2006

Leemos en Página 12:

De la revista Barcelona, 21 de julio de 2006: “Revelan que los imbéciles son proclives a ser tomados por boludos. Un polémico informe de la Universidad de Michigan causó conmoción en el seno del IV Simposio Interamericano sobre Pelotudez al postular que ‘cuanto más imbécil es una persona, hay mayores posibilidades de que lo tomen por boludo’. El documento asegura que ‘la gente detecta fácilmente a los imbéciles y, con o sin razón, les atribuye de inmediato facultades propias de boludos’. La investigación motivó acalorados debates entre los expertos presentes, aunque entre las conclusiones finales se destacó la sincera recomendación a los imbéciles del mundo de no dejarse tomar por boludos”.

Y agregamos, para que no queden dudas:

boludo, da.
1. adj. Arg. y Ur. Dicho de una persona: Que tiene pocas luces o que obra como tal.
2. adj. Cuba. Dicho del calzado: De puntera redonda.
3. adj. El Salv. adinerado.
4. adj. Méx. Que tiene protuberancias.
5. adj. Ur. Lerdo, parsimonioso, irresponsable. U. t. c. s.
6. adj. Ur. Dicho de una persona: Que ha llegado a la adolescencia o a la juventud. U. t. c. s.
7. adj. Ur. Dicho de una cosa: De gran tamaño.

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El mensaje de Perón

Agosto 11, 2006

Cuenta Federico Martín Maglio:

Esta carta fue escrita por Juan Domingo Perón y enterrada en la base de la Pirámide de Mayo el 12 de agosto de 1948. Debería haber sido desenterrada el 12 de agosto de 2006, en el bicentenario de la reconquista de Buenos Aires luego de la primera invasión inglesa.

Los hombres de la resistencia del Movimiento Nacional Justicialista conservaron este mensaje, que fue leído en la fecha y tal como lo pidiera el Gral. Perón por los jóvenes de la JUP, en Plaza de Mayo.

Mensaje a los Jóvenes del Año 2000

La juventud argentina del año 2000 querrá volver sus ojos hacia el pasado y exigir a la historia una rendición de cuentas encaminada a enjuiciar el uso que los gobernantes de todos los tiempos han hecho del sagrado depósito que en sus manos fueron poniendo las generaciones precedentes, y también si sus actos y sus doctrinas fueron suficientes para llevar el bienestar a sus pueblos y para conseguir la paz entre las naciones.

Por desgracia para nosotros, ese balance no nos ha sido favorable. Anticipémonos a él para que conste, al menos, nuestra buena fe y confesemos  lealmente que ni los rectores de los pueblos ni las masas regidas, han sabido lograr el camino de la felicidad individual y colectiva.

En el transcurso de los siglos hemos progresado de manera gigantesca en el orden material y científico, y si cada día se avanza en la limitación del dolor, es solamente en su aspecto físico, porque en el moral, el camino recorrido ha sido pequeño.

El egoísmo ha regido muchas veces los actos de gobierno y no es el amor al prójimo, ni siquiera la compasión o la tolerancia, lo que mueve las determinaciones humanas.

Esa acusación resulta aplicable tanto a los pueblos como a los individuos. Cierto que en uno y en otros se dan ejemplos de altruísmo, pero como hechos aislados de poca o ninguna influencia en la marcha de la humanidad. Es cierto que en ocasiones parece que se ha dado un gran impulso en favor de los nobles ideales y de las causas justas, pero la realidad nos llama a sí y nos hace ver que todo era una ilusión. Apenas terminada la guerra, ponemos nuestra esperanza en que ha de ser la última porque las diferencias entre las naciones se han de resolver por las vías del derecho aplicado por los organismos internacionales. Pocos años bastan para demostrarnos con un conflicto bélico de mayores proporciones el tremendo error en que habíamos caído. Hasta el aspecto caballeresco de las batallas se ha perdido y hoy vemos con el corazón empedernido como al cabo de veinte siglos de civilización cristiana, caen en la lucha niños, mujeres y ancianos.

Apenas un conflicto social ha sido resuelto vemos asomar otro, de más grandes proporciones, no siempre solucionado por las vías de la inteligencia y de la armonía sino por la coacción estatal  o de las propias partes contendientes más fuertes, no el del mejor derecho.

Frente a esta lamentable realidad: ¿de qué han servido las doctrinas políticas, las teorías económicas y las elucubraciones sociales?. Ni las democracias ni las tiranías, ni los empirismos antiguos ni los conceptos modernos han sido suficientes para quietar las pasiones o para coordinar los anhelos. La libertad misma queda limitada a una hermosa palabra, de muy escaso contenido, pues cada cual la entiende y la aplica en su propio beneficio. El capitalismo se vale de ella  no para elevar la condición de los trabajadores procurando su bienestar, sino para deprimirles y explotarles. Los poseedores de la riqueza no quieren compartirla con los desposeídos sino aceptarla y monopolizarla. E inversamente, los falsos apóstoles del proletariado quieren la libertad más para usarla como un arma en la lucha de clases que para obtener lo que sus reivindicaciones tengan de justas.

No ha empezado a alborar el liberalismo económico cuando -para impedir  sus aplausos- tiene el Estado que iniciar una intervención cada vez más intensa a fin de evitar el daño entre las partes y el daño a la colectividad. Pero tampoco su intervencionismo constituye un remedio eficaz porque, o es partidista, o busca anular  las libertades individuales y con ellas a la propia persona humana.

El mundo ha fracasado. Mas este fracaso, ¿será tan absoluto que no deje un mínimo resquicio a la esperanza?. Posiblemente podamos mantener el optimismo con la ilusión de que el avance de la humanidad hacia su bienestar es tan lento que no lo percibimos, pero de cada evolución queda una partícula aprovechable para el mejor desarrollo de la humanidad. El avance es invisible y está oculto por sus propios vicios a que antes he aludido, pero no por eso deja de existir.

Se haría más perceptible si cada uno de nosotros se despojase de algo propio en beneficio de sus semejantes, si tratase de dirigir las disputas con la razón y no con la violencia. Dentro de mis posibilidades así he procurado hacerlo y, en este sentido, he orientado mi labor de gobernante. Válgame por lo menos la intención y sea ella la que juzguen y valoren mis críticos del porvenir.

La humanidad debe comprender que hay que formar una juventud inspirada en otros sentimientos, que sea capaz de realizar lo que nosotros no hemos sido capaces. Esa es la verdad más grande que en estos tiempos debemos sustentar sin egoísmos, porque éstos nos han conducido solamente a desastres.

En nuestra querida Argentina, el panorama descripto se ha sentido sin ser cruento, pero en el orden general, los hechos prueban que ha sido el acierto la resolución que ha precedido nuestra realidad. La independencia política que heredamos de nuestros mayores hasta nuestros días, no había sido colectivizada por la independencia económica que permitiera decir con verdad que constituíamos una nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.

Por eso nosotros hemos luchado sin descanso para imponer la justicia social que suprimiera la miseria en medio de la abundancia; por eso hemos declarado y realizado la independencia económica que nos permitiera reconquistar lo perdido y crear una Argentina para los argentinos, y por eso nosotros vivimos velando porque la soberanía de la Patria sea inviolable o inviolada mientras haya un argentino que pueda oponer su pecho al avance de toda prepotencia extranjera, destinada a menguar el derecho que cada  argentino tiene de decidir por sí dentro de las fronteras de su tierra.

Contra un mundo que ha fracasado, dejamos una doctrina justa y un programa de acción para ser cumplido por nuestra juventud: esa será su responsabilidad ante la Historia.

¡Quiera Dios que ese juicio les sea favorable y que al leer este mensaje de un humilde argentino, que amó mucho a su Patria y trató de servirla honradamente, podáis -hermanos del 2000- lanzar vuestra mirada sobre la Gran Argentina que soñamos, por la cual vivimos, luchamos y sufrimos!”

Juan Domingo Perón