Crónica de una vergüenza: “Pegaban bien, pegaban con ganas”

Julio 30, 2006

Javier Lorca, en Página 12 (Argentina), nos revive las tristes circunstancias de lo que se dio en llamar la noche de los bastones largos“… 

“Sáquenlos a tiros, si es necesario. ¡Hay que limpiar esta cueva de marxistas!” La orden la pronunció hace cuatro décadas el jefe de la Policía Federal, Mario Fonseca, obedeciendo con rigor vertical el mandato del general Juan Carlos Onganía, apoyado por una extendida aquiescencia social, incluidos vastos sectores universitarios. El objetivo de la “Operación Escarmiento”, minuciosamente cumplido el viernes 29 de julio de 1966, era desalojar las cinco facultades de la Universidad de Buenos Aires (UBA) que estudiantes y profesores mantenían ocupadas en rechazo a la intervención recién decretada por la dictadura militar. El método aplicado fue la irrupción de la Infantería, con especial saña en Ciencias Exactas y en Filosofía y Letras –las facultades más renovadoras–, primero lanzando gases lacrimógenos y luego descargando bastonazos sin discriminar hombres de mujeres, ni alumnos de docentes, graduados o decanos. En la perspectiva de las posteriores tragedias nacionales, la Noche de los Bastones Largos resultaría un simbólico y sombrío preludio. Para la UBA, marcaría el final de sus años dorados y encarnaría la escena primordial de un mito tan riesgoso como fundado en la realidad, al que Christian Ferrer ha llamado “el relato de un martirologio”: la universidad pública como víctima, lacerada y flagelada por golpes y exilios forzados, por crímenes, persecuciones y desapariciones, por ajustes y privatizaciones.

Un mes después de derrocar al presidente Arturo Illia, Onganía decretaba el cese de la autonomía en las universidades, sedes dilectas del enemigo interno para la Doctrina de la Seguridad Nacional. Había anunciado un plazo de 48 horas para que las autoridades académicas decidieran si se cuadraban o renunciaban, pero no esperó. En la noche del mismo viernes 29 envió a la policía a las facultades de Ciencias Exactas, Filosofía y Letras, Arquitectura, Medicina e Ingeniería, pacíficamente tomadas, al igual que el rectorado de la UBA, donde el rector Hilario Fernández Long se había recluido para manifestar su rechazo.

Cerca de las 22 la Infantería ya rodeaba la Manzana de las Luces, sobre Perú al 200, donde funcionaban Exactas y Arquitectura. Adentro había cientos de personas: alumnos cursando y otros, junto con docentes y autoridades, intentando resistir la intervención militar durante el fin de semana. Habían cerrado puertas y ventanas, habían montado barricadas usando bancos y pupitres. Con los cascos puestos y los bastones preparados, los policías esperaban la orden de actuar. Cuando los vio, el vicedecano de Arquitectura, Carlos Méndez Mosquera, se acercó a uno de los oficiales y le preguntó qué pasaba. “¡Ataquen!”, fue la respuesta, un alarido, prólogo de los gritos y estallidos que seguirían.

A pocos metros de allí, en Exactas, los hechos se replicaban. “¿Cómo se atreve a cometer este atropello? Todavía soy el decano de esta casa de estudios”, increpó Rolando García al uniformado que encabezaba el operativo. Un corpulento subalterno rompió filas e intentó romperle la cabeza con su bastón. Con sangre sobre la cara, el decano se levantó y repitió sus palabras. También se repitió el bastonazo. “Pegaban bien, pegaban con habilidad, pegaban con ganas”, resumiría luego Manuel Sadosky, entonces vicedecano de Exactas.

Sobre la Avenida Independencia al 3000, en la Facultad de Filosofía y Letras, policías armados habían superado el hall e ingresaban al patio y las aulas. Estudiantes y docentes corrían, tratando de esquivar insultos y culatazos. Algunos lograron escapar por las ventanas, muchos más fueron golpeados y detenidos. También era desocupada la Facultad de Ingeniería. Sólo en Medicina no se registraban incidentes.

Disipados los gases lacrimógenos, la Infantería comenzó a arrear a la gente y organizar el desalojo de Exactas. Primero todos contra la pared de un aula, brazos arriba y piernas separadas: “¡Al que apoye las manos en la pared, le reviento los dedos!”. Los lamentos y las súplicas dejaron oír una falsa orden: “Preparen, apunten…”, simulacro de un fusilamiento que no fue. Después, como es fama, los universitarios fueron ordenados en fila y, camino a los camiones celulares, debieron pasar de a uno por entre dos formaciones de policías, una a tres metros de la otra, mientras sus cuerpos eran sucesivamente molidos a patadas y bastonazos. Por milagro o porque sabían calculadamente lo que hacían, no hubo muertos. Sí muchos heridos y, se estima, más de 500 detenidos. Los profesores, en su mayoría, fueron liberados a la madrugada. “No se nos tomó declaración, no se nos procesó por nada –relató tiempo después Rodolfo Busch, profesor de Exactas–, nunca estuvimos presos, nunca hemos sido apaleados.”

Al otro día, Onganía clausuró todas las universidades por tres semanas. Para el 22 de agosto la intervención había sido instrumentada. Ese día asumía Luis Botet como rector interventor de la UBA. Su proclama: “La autoridad está por encima de la ciencia”. Desde aquel momento, la UBA pasó a ser una institución vigilada, con policías de civil transitando sus pasillos y espiando lo que ocurría en las aulas a través de pequeñas ventanas en las puertas. Con todo, el resultado sería el inverso al deseado por la dictadura militar: la actividad política no haría más que crecer en las facultades.

La renuncia y el exilio de cientos de profesores e investigadores desmantelaron el proyecto de universidad científica que, a contrapelo del modelo profesionalista, había comenzado a gestarse en la UBA desde 1957, tras la recuperación de la autonomía. Un proyecto que había multiplicado el número de profesores con dedicación exclusiva (eran 9 en 1958 y 700 en 1966), había modernizado las estructuras curriculares, renovado el plantel de profesores y abierto nuevas carreras (Sociología, Psicología, Educación, Economía), había creado los departamentos de Extensión y de Orientación Vocacional… Manuel Sadosky había fundado el Instituto del Cálculo, donde puso en funciones la primera computadora del país, en 1961. El sabotaje y posterior destrucción de la célebre y enorme Clementina, ocurrido durante la intervención militar, suele ser recordado como símbolo del saqueo sufrido por la universidad pública. Pero, aunque llevó décadas, hoy existe Clementina II. Otras pérdidas institucionales continúan sin reemplazo, como tantas capacidades potenciales amputadas que nunca pudieron realizarse. Creada en 1958, Eudeba –la editorial de la UBA que gerenció Boris Spivacow– llegó a publicar y distribuir más de 10 millones de libros a precios populares, con enorme éxito comercial y cultural. Hasta julio de 1966.

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La Génesis de una Universidad

Julio 27, 2006

La obra “Universidad Obrera Nacional – Universidad Tecnológica Nacional, la génesis de una Universidad (1948-1962)”, cuya autora es la historiadora Delia Teresita Álvarez de Tomassone, está disponible para su lectura y descarga gratuita en el sitio de edUTecNe, la Editorial Universitaria de la Universidad Tecnológica Nacional (Argentina).

La investigación histórica de la autora se extiende desde la creación de la Universidad Obrera Nacional (U.O.N.) [1948] hasta su posterior evolución institucional, que desemboca en la actual Universidad Tecnológica Nacional (U.T.N.) [1959]

El comienzo de ese proceso, originado en una etapa de fuertes cambios políticos y a su vez coincidente con el fin de la II Guerra Mundial y con el arranque de la industrialización argentina, estuvo signado por un apasionamiento que iba más allá de lo puramente educativo o académico

La génesis y consolidación de la Universidad Tecnológica Nacional [U.T.N.] (1948-1959) representó no solo el desafío de una nueva visión sobre la formación de los ingenieros, resistida en un comienzo por el ámbito profesional y universitario y finalmente aceptada y hasta adoptada en el campo académico, sino también el replanteo de la inserción de la universidad en la sociedad y el país


Palo para el diario La Nación

Julio 17, 2006

Reproducimos aquí la nota publicada por el periodista Horacio Verbitsky en el diario Página 12, en el entendimiento de que cuanto mayor difusión tenga su contenido, mejor.


Editar la realidad

por Horacio Verbitsky

En la edición de ayer de su suplemento Enfoques, el diario La Nación publicó un artículo titulado “Asedio a la prensa: qué hay detrás de la estrategia K”. Allí se me presenta como un consultor presidencial en la materia. La autora de la nota me consultó y, luego de recibir mi respuesta, me aclaró que ella era apenas una colaboradora sin “injerencia sobre decisiones que son editoriales”.

A continuación se reproduce mi contestación y se destacan en negrita los tramos omitidos por esas decisiones editoriales:

“Ruego que publiquen en forma textual mi respuesta a la consulta, incluyendo este párrafo inicial, ya que no confío en La Nación, que desde hace diez años ejerce la censura sobre mí: en 1996 publicó completa la conferencia de García Márquez ante la SIP, salvo el párrafo elogioso que me dedicó. Este año dos de sus directivos periodísticos dijeron que no comentarían mi libro Doble Juego, la Argentina católica y militar porque yo tenía ‘un problema con Escribano’ (sic). Así se refirieron a la nota en la que conté el pliego de condiciones políticas y económicas que el ex subdirector le presentó en privado a Kirchner y el ultimátum público por haberlo rechazado, de que no duraría más de un año en el gobierno.

”Cuando Kirchner ganó las elecciones, a pedido de la Asociación Periodistas le pedí que desistiera de un juicio contra un columnista de Santa Cruz, al que defendíamos en la Justicia. Cuando lo hizo, le acerqué también en nombre de Periodistas el proyecto de despenalización de calumnias e injurias contra funcionarios, que sigo impulsando, ahora desde el CELS. Este año, finalmente, Kirchner prometió que lo iba a asumir e incluso fijó dos fechas posibles. Como ya pasaron y no lo hizo, escribí en Página/12 que Kirchner puede ironizar todo lo que quiera acerca de la concentración de la propiedad de los medios, pero nada ha hecho para restringirla, sino todo lo contrario, con la escandalosa prórroga por una década de las licencias de radio y televisión. También puede distinguir entre la libertad de prensa y la de empresa, entre los propietarios de medios y los periodistas. Pero eso será pura retórica mientras siga faltando a su palabra de impulsar aquella despenalización, que no favorecería a los patrones sino a los trabajadores de prensa. El jueves 13 me dijo que era cierto, que no se ofendía por la verdad y que le resultaba útil, ratificó el compromiso de la despenalización y me reclamó que cuando lo llevara a cabo también lo escribiera, cosa que haré si él cumple. Con la senadora CFK nunca hablé de estos temas. Me parece legítima la discusión que planteó sobre el contenido de ciertos artículos periodísticos y me gustaría leer las respuestas de algunos de los aludidos. También he expresado, privada y públicamente, mi desacuerdo con la exclusión de Perfil y Noticias de la pauta publicitaria oficial. Me preocupa la lectura sesgada que algunos intendentes conurbanos pueden hacer de las válidas críticas y de las arbitrarias exclusiones, y las consecuencias posibles sobre débiles medios locales.”

Mi interpretación sobre estos actos de censura. Respecto del primero, La Nación no permite que recuerde el episodio de Escribano porque de otro modo no podría sostener que el gobierno reacciona con “acusaciones contra el periodismo cada vez que la prensa independiente expone hechos y opiniones que el cristal oficial preferiría no dar a conocer”, como dice en Enfoques. Aquel ultimátum presentado a Kirchner el 5 de mayo de 2003 mostró con qué cartas jugaría el matutino y en nombre de quiénes. Durante un desayuno, Escribano le comunicó este pesado pliego de condiciones: alineamiento incondicional con Estados Unidos, denuncia internacional de Cuba, relaciones especiales con el sector empresario, olvido de los crímenes de la guerra sucia y mano dura contra la inseguridad. Kirchner le respondió que “mi mayor preocupación es que me acompañen los argentinos, por eso no empiezo por los empresarios ni por el embajador de ningún país. Tampoco pienso en un alineamiento automático con Estados Unidos ni en buscar que me aprueben como precondición para gobernar mi país. Ocurre que usted y yo tenemos visiones distintas del país”. Escribano escribió entonces en la tapa de La Nación que la Argentina había decidido darse gobierno por un año, profecía atribuida a no identificados miembros del Council of Americas, a cuyo cumplimiento el diario dedica desde entonces sus mejores esfuerzos, aunque se le haya vencido el plazo.

Respecto de la segunda decisión editorial sobre mi respuesta, revela que La Nación tampoco tiene interés en debatir los cuestionamientos específicos que CFK formuló en el Congreso. Uno de ellos se refería a una frase que retoma la línea del ultimátum de Escribano. El presidente “innecesariamente, ha decidido competir con el periodismo por el control de la opinión pública”, decía La Nación.

El diario fundado en el siglo XIX como instrumento de un partido político y su líder y que hasta hoy se reivindica como una tribuna de doctrina está en todo su derecho a sostener esas opiniones y me opondría a cualquier decisión oficial, directa o indirecta, para impedirlo. En cambio no es razonable que se ofenda cuando el presidente o la senadora Fernández opinan otra cosa o que intente presentarse como un informador objetivo y un comentarista neutral de la realidad, agredido como dice en Enfoques por un “abuso de poder en el marco de una confrontación desigual”. El control de la opinión pública es un objetivo político que no figura en el Manual de Estilo y Etica Periodística de La Nación pero que ayuda a sincerar qué se debate.